Contrastes de la India: Del colorido caos y la paz del templo a la festividad y la vida

La India es uno de los lugares de destino exóticos más solicitado en toda agencia de viaje. Y no es de extrañar. Este superpoblado país del sur de Asia tiene tanto de color y mito, como de humanidad y belleza. Y es que la India es un destino indispensable para penetrar en el meollo cultural, religioso y humano que nutre al más puro de los significados de la vida.

Ver para creer: La vida y el espíritu en la India

Desde siempre, los viajes han contribuido a crear un pequeño espacio memorial en el ser humano de donde nace su cohesión con el resto del mundo. Viajar no debe nunca consistir únicamente en un respetuoso voyerismo turístico, aunque contemplar la natural exhibición de todo cuanto sucede en cada cultura y rincón del planeta sea capaz de cicatrizarse en la vida con fervor soberbio. Un viaje debe servir también para, a través de su ruta, conectar el alma al trance de otro curso existencial. Para extraer de ello un preciado néctar con el que lubricar la nueva sed de mundo que hará de todo nuevo viaje una experiencia inolvidable.

En esa trasfronteriza línea que oscila entre la magia, la cultura y el encanto, es preciso mencionar la India como destino obligatorio. Este país del sur de Asia cumple con toda expectativa, y más, que la precede. Un espectáculo de color y vida, donde el pulso del frenesí diario se ritualiza con la religiosidad de su motivo: la fugaz eternidad de la belleza. Basta con un circuito por India, ofrecido por agencias como Tierra Sinaí en busca de un diverso y completo recorrido, para percatarse de cuánto puede otra cultura calarse en el tuétano del espíritu hasta colmar la vida de insólita hermosura.

Desde la paz secular de un templo, hasta el latido de la calle y sus festejos, la India posee ese antitético cariz de lo inexorablemente humano. Una combinación perfecta entre todo cuanto concierne a la carne, en su sentido más vivo de expresión y ritmo del día a día; y al alma, contando con maravillosas celebraciones de gran poder visual y tántrico. En definitiva, un lugar de destino clave para encandilarse nuevamente en la humanidad. Dejándose llevar por la placentera vorágine cultural, gastronómica, ritual y rotundamente existencial que envuelve al inmanente carpe diem de la India.

Del caos callejero a la concordia de los templos

La idoneidad del conocimiento sobre una región aún desconocida radica en el albedrío callejero. Es decir, en la decisión de deambular a través del flujo de sus calles a fin de conocer la carnificación de su carácter. Las laberínticas callejuelas de Nueva Delhi, capital de la India, atravesando la muchedumbre bajo la atracción de los mil olores que pueblan su recorrido, gozan de un extraordinario magnetismo que obliga a explorarlas obcecadamente. Callejear en cualquier parte de la India se convierte en un obsesivo y apasionado impulso mediante el que dar con maravillosos espacios sacros, como el templo de Durga o deHanuman, así como con mercadillos como el caótico Chandni Chowk, o comercios de especias como el Khari Baoli.

Dejando a un lado las intrincadas callejuelas indias y abarcando sitios de interés de más espacio, pero no por ello menos multitud, son esenciales algunas maravillas como el célebre Taj Mahal de Agra o el Templo Dorado de Amritsar. Contando con una arquitectura espectacular y única, cuyo llamativo exotismo tan sólo compite con estructuras de más antiguo porte como la ciudad amurallada de Delhi o los havelis de Jaisalmer en Rajastán. Sin embargo, la India también cuenta con preciosos parques nacionales como el Ranthambore, con su tigre de bengala, las oníricas Playas de Goa o los calmos ríos y canales de Kerala circundados por pequeñas casas rurales.

Pero la India, quizás, más allá de su paisaje, su arquitectura y su gastronomía, es su compendio de rituales estrechamente vinculados a su vitalidad. Tomando como indiscutible ejemplo Benarés, cuyos ciudadanos acuden a orillas del río Ganges para bañarse en un ritual de fortuna y positivismo venidero, ungidos de la felicidad, la música y el cromatismo de un evento especial como tantos otros. Y es que en ello radica la inconcebible belleza de la India. En los pequeños, vastos acontecimientos que otorgan a su ambiente el halo místico que barniza, caracteriza y fomenta su inigualable abanico de peculiaridades.

La vida como religión

Sin duda, una de las celebraciones indias más populares, especialmente a causa de su importación a otros países con flacas dotes de imitación, es el Holi. Conocida como Fiesta de los Colores, esta festividad de marzo consiste en una celebración de la primavera mediante una explosión de pigmentos de colores que todos lanzan al aire y entre sí. Sumergiéndolo todo en una fabulosa algarabía de risas y nebulosas multicolor. Los mejores lugares donde acudir al Holi son Delhi, Jaipur y Agra, distribuyéndose entre distintas modalidades, de la más tradicional a la más variada. Cabiendo destacar, por su similitud en color, aunque floral y musical, la fiesta de Onam de agosto, ubicada en la mencionada Kerala y en honor a la llegada del rey Mahabali.

Y aunque las festividades de la India puedan parecer irreductiblemente unidas a la visión de lo diurno, la nocturnidad encuentra también su momento de gloria. Entre octubre y noviembre, tiene lugar por todo el país la celebración del Diwali. Una fiesta conocida como Festival de las Luces, con evocación divina variable de la región, cuyo propósito es el de plagar la ciudad de innumerables lámparas y velas. Una ola de lucecillas nocturnas cuyo ondulante movimiento recuerda a la calma que habita en los templos indios, y cuyo estado de reflexión es capaz de trasladarse a sus calles como una manifestación del temple y la paz budista.

No obstante, y a pesar de sus marcadas fechas festivas, la India es ya de por sí misma un festival de incontrolable impulso y vida. Cuanto a descripciones, todo queda corto ante su vastedad de elementos vitales. Un lugar de destino que, más que visitar, es preciso vivir. Saborear detenidamente cada uno de sus fragmentos únicos de sensación catártica, bajo cuya lúcida transparencia anidará un momento especial para el resto de la existencia. Simplemente, la belleza de haber podido conocer un poco más, en un comparativamente pequeño ejemplo, este vergel de extrañas costumbres e insondables vivencias que es la humanidad.